Salud consciente

Desde el principio de la humanidad los alimentos han sido algo fundamental para el hombre y en cada parte del mundo podemos apreciar una gran variedad de ellos. Esto es parte y orgullo de cada cultura.

Propongo meditar en los efectos que tienen los alimentos en el hombre occidental y su influencia en su vida espiritual. Sin duda para muchos puede ser exagerado tratar este tema como algo de índole espiritual, por lo que quiero despertar el interés a la luz de la Palabra de Dios. La comida ha tenido un papel protagónico en varias de las historias bíblicas y citaremos algunos ejemplos de cómo afectó los pensamientos, emociones y vida del ser humano.

Desde el principio, en un lugar de abundancia y prosperidad vemos como Eva fijo los ojos en un árbol y pensó: “… el árbol es hermoso y su fruto delicioso…” (Gen 3: 6, NTV) Seguramente  había probado la infinidad de frutos del lugar pero lo primero que la escritura registra del pensamiento de Eva es “¡se ve rico!” y el resto es historia conocida. Por otro lado, Esaú vende sus derechos, despreciándolos por un plato de guiso de lentejas (Génesis 25:32-34) alegando que moría de hambre. Algo tan importante cambiado  por un deseo momentáneo. Y qué decir del pueblo de Israel que tras ser liberados anhelaban volver al país que los mantuvo cautivos porque extrañaban el pescado, pepinos, melones, cebollas, etc. y  en pleno éxodo cambian al Dios que los rescató y como si nada "...Se sentó el pueblo a comer y a beber, y se levantó a jugar." (1 Cor. 10: 7)

Podemos apreciar como algo que Dios creó para nuestro sustento puede convertirse en una gran piedra de tropiezo. Jesús, en Su ministerio, participó de grandes milagros de multiplicación que más tarde atraerían a las masas a él, pero con intenciones desviadas (Juan 6:26). El apóstol Pablo dedica unas cuantas porciones de sus cartas para tocar con sensibilidad este tema: (Rom. 14,  1 Cor. 6:12-20, Fil. 4:11-19), porque tanto en la época bíblica como en la presente, la comida puede ser causa de desorden. 1 Cor. 11: 20-22.

Muchas veces escuchamos: “¡Todos los excesos son malos!”, pero cuando se trata de lo que comemos pareciera que todo es válido.
 
Vivimos en una cultura donde los excesos con comida son permitidos y hasta visto con buenos ojos. Comemos hasta saciarnos y seguimos comiendo porque el plato que sigue todavía no lo probé  y se  ve delicioso. ¿Te suena familiar? Aun si la voz interior nos advierte, la callamos y seguimos. ¿Dónde está la gloria de Dios en eso?  Y qué decir del orgullo con que se comparten  fotos de platillos en las redes sociales.

¡¡¡Es un tema de dominio propio!!!

¿Por qué nos importa tan poco el cuerpo que recibimos para que sea templo del Espíritu Santo? 
¿Por qué comemos cosas que sabemos que en el largo plazo afectará nuestra salud? 

Está más que comprobado que la comida chatarra, el azúcar, las gaseosas y las frituras, producen enfermedades cardiovasculares y otras como diabetes, hipertensión, etc. y aun así no cambiamos nuestros hábitos y continuamos con los excesos. La falta de preocupación por nuestro cuerpo y la salud, combinado con la falta de dominio propio frente a  “tentaciones culinarias” son preocupantes.  Hombres y mujeres acortan años a su vida y ministerio responsabilizando y rogando a Dios por una situación que ellos mismos provocaron. 

En nuestro poder está la decisión sobre cómo queremos terminar nuestra carrera. 

 Este no es un mensaje exclusivo para los “gorditos”, es para cada uno de nosotros. Es una cuestión de dominio propio, de autocontrol. Pensemos en los efectos espirituales: ¿Cuándo fue la última vez que hicimos un ayuno significativo? ¿Te has preguntado por qué no sentimos la necesidad de hacerlo regularmente? Independientemente de nuestra postura frente al ayuno es evidente que nuestros hábitos alimenticios no solo afectan nuestra salud, sino que inciden directamente en la práctica de esta disciplina espiritual tan importante. “Y Daniel propuso en su corazón no contaminarse… y puso Dios a Daniel en gracia." Dan. 1:8-9.

Todas las cosas me son lícitas, más no todas convienen; todas las cosas me son lícitas más yo no me dejaré dominar de ninguna. 1 Cor. 6:12
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